Sábado
18
Septiembre
Occidentes

Forma parte de la generación de escritores novelistas que surgieron en la década del 80. Ayer, en Buenos Aires, recordó el primer párrafo de su último libro, habló de literatura y de su pasión por los objetos.

Julian Barnes pasó por Buenos Aires


Una de esas frustraciones insalvables para cualquier lector es la sensación de que se está llegando demasiado tarde, que lo que está en la página es apenas la huella de algo que crecía letra a letra. Por un momento, Julian Barnes parece haber encontrado la forma de salvar ese obstáculo. Sentado en una de las oficinas de la sede porteña del British Council, donde ayer charló con la prensa, el escritor inglés reproduce palabra por palabra el principio de su último libro, Nothing to be frightened of (Nada de qué asustarse), y sus dedos se agitan marcando el ritmo de cada frase, como si las tipeara en el momento. "No creo en Dios -dice-, pero lo extraño. Eso es lo que digo cuando se me hace esa pregunta. Le pregunté a mi hermano, que ha enseñado filosofía en la Universidad de Oxford, en Ginebra y la Sorbona, qué pensaba de esta frase sin decirle que era mía. Respondió con una sola palabra: sensiblera".

Barnes, autor de novelas como El loro de Flaubert o de la inclasificable Historia del mundo en diez capítulos y medio, es junto a Martin Amis, Ian McEwan o Kazuo Ishiguro uno de los principales referentes de la literatura inglesa de las últimas décadas. Tras terminar su último libro ("que no es una novela", aclara, si no una mezcla de libro de memorias, ensayos, discusiones con su hermano, con Dios y con la muerte, y hasta una celebración del arte), Barnes se lanzó a recorrer Chile y Argentina, haciendo algunas paradas para dar conferencias o firmar libros.

En Buenos Aires, la agenda anunciaba una conferencia en el Malba, donde anoche habló sobre su obra y el oficio de escritor, pero Barnes se hizo tiempo para recorrer la casa de Victoria Ocampo, probar el café porteño y visitar algunas paradas de una ruta borgeana. Ayer, Barnes parecía mirarlo todo -y contarlo- algo extrañado. "Esta mañana fui a visitar la Biblioteca Miguel Cané, donde trabajó Jorge Luis Borges. Apenas llegué, me sorprendió ver una placa donde ya decía que yo había visitado la biblioteca. Pensé que debía tratarse de algún tipo de ironía argentina. La verdad es que me sentí muy bien, pero me obliga a volver a Buenos Aires, aunque esta vez sin avisarle a nadie, para comprobar que sigue ahí".

Barnes, un autor que ganó fama con libros que rompían los géneros tradicionales de la literatura a través de los híbridos, que ha explorado con obsesión la vida y la obra de Gustave Flaubert -según él "un escritor de escritores"-, se despacha durante la charla de la tarde con alguna opinión sorprendente cuando viene de alguien que, a su modo, es también un 'escritor de escritores'. "Creo que la mejor literatura no es esnobista. La mejor literatura reconoce que más allá de las diferencias económicas o culturales, la gente ama y sufre más o menos de la misma forma".

Aunque el hombre tiene modales suaves y se toma tiempo para responder cada pregunta, parece desalentarse cuando la charla gira demasiado en abstracto. "La gente siempre nos pregunta qué hace la literatura, qué hace el arte, y tiendo a responder que cuenta mentiras perfectamente ordenadas para decir la verdad exacta. Claro que lo he dicho tantas veces que ya no lo creo, eso es lo que pasa".

Como si se tratara de un libro, el viaje del novelista y su esposa, la editora Pat Kavanagh, por Sudamérica, ha tenido un fino entramado en común: la visita a la casa de artistas. Si en Buenos Aires fue tras los pasos de Jorge Luis Borges, en Santiago visitó la casa de Pablo Neruda. ¿Qué busca en los lugares que habitó un artista? "Me parecen fascinantes -contesta-, incluso las visito cuando no me gusta el escritor, pero no puedo identificar lo que me producen. Hay algo sentimental en mirar cosas que te ponen en contacto con un escritor muerto. En el caso de Flaubert, era ver a un loro que puede, o puede que no, se haya parado en su escritorio. En Santiago, en lo de Neruda, me llamó la atención una colección de jarras con caras de personas, unas jarras típicamente inglesas pese a que él nunca fue a Inglaterra. En ese momento sientes un toque, un contacto, una chispa que te vincula a ese escritor. En la casa de Ocampo fue diferente porque a ella no la conocía, pero sí a mucha de la gente que la visitaba allí. Había un piano, y saber que Stravinsky había tocado en ese mismo piano tiene un efecto en mí".

Esa celebración de los objetos, ese "fetichismo" como llega a llamarlo a él, tiene su contracara melancólica cuando se refiere a un mundo en el que proliferan las réplicas. "En el 2000 empecé a pensar mucho en Inglaterra y en el concepto más general de la Nación-Estado. Lo que pasaba es que la individualidad de los países se estaba erosionando. Había americanización, burocratización, europeización, así que podías agarrar a alguien, ponerlo en cualquier otro lugar de Europa y que no sepa dónde estaba. Como respuesta, muchos países como el mío buscan reforzar esa identidad diciendo que somos tan ingleses como antes, eligen ciertos tótems o símbolos como los Beatles, la Familia Real, los buzones rojos o el queso crema para demostrarlo. En Florencia uno ve la estatua de Miguel Angel en la Plaza, la admira, y luego le dicen que no es real, pero uno no va ver el original porque dice, bueno, si ya la vi, total es igual. Creo que hacia allí vamos".

Fuente: Clarín

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