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El escritor español vino a la Argentina a presentar "Mira si yo te querré", su octava novela, y con la que ganó el último Premio Alfaguara. Cuenta una historia de desencuentros amorosos con idas y vueltas políticas y el Sahara como escenario.

Luis Leante: ''La literatura panfletaria no me interesa, nunca me gustó''


A principios del siglo 21, en pleno desierto del Sahara, Montse Cambra escucha una melodía antigua, silbada torpemente, que la transporta a una noche de agosto de 1974. Ahí están ella y Santiago; jóvenes, puros, hermosos, bailando un pasodoble en una verbena en un barrio humilde de Barcelona. "Mira si yo te querré" canturrea Santiago, y sus ojos no paran de mirarla.

Más de 26 años separan el principio y el final de esta historia de amor y desamor, de contrastes sociales, de cambio de época y choque de culturas, que le valió a Luis Leante el décimo Premio Alfaguara de novela, por decisión de un jurado presidido por Mario Vargas Llosa. "Una novela que conmueve y atrapa desde las primeras líneas", dijo de ella el escritor peruano.

Para Leante es casi demasiado. Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Julio Cortázar habitan el Olimpo de quienes marcaron su iniciación literaria. "Son los que leí en mi adolescencia; eran un aire fresco para lo que se escribía en España en los '70, en la dictadura", explica Leante, nacido en Murcia, en 1963, de paso por la Argentina para la promoción de "Mira si yo te querré", su octava novela.

Además de escritor, Leante es filólogo y profesor de latín. Aunque no es historiador, se metió de lleno en la historia y la causa de los cerca de 300.000 saharauis, que en su mayoría viven hoy refugiados en Argelia.

¿Qué era el Sahara Español?

Era una provincia de España; tenía hasta sus diputados. Pero en 1975 sucedieron muchas cosas —muere Franco, se inicia la transición— y, como la atención se centró en los temas políticos, muchos no la conocen. España llegó al Sahara occidental a fin del siglo 19. En el siglo 20 se crean una serie de ciudades, hasta que la ONU le pide que se vaya. Pero en vez de entregarla a los habitantes naturales, a los saharauis, España se la entrega a Marruecos.

¿Quiénes son los saharauis?

Un pueblo que hace miles de años, incluso desde antes del Islam, se ha movido por el desierto del Sahara. Tienen su idioma, el hasania, rasgos que los distinguen y una cultura y tradiciones populares propias.

¿Por qué ubicó una historia de amor en ese período y lugar?

Bueno, no es exactamente una historia de amor. Me cuesta definir esta novela. Del principio al final hay una búsqueda que va más allá del amor. Montse huye de una situación angustiosa en Barcelona, de un marido que la deja, de una hija que ha muerto. Lo que busca es su pasado, lo que queda de aquella niña de 18 años y lo que puede quedar de Santiago. Porque buscar un amor 26 años después no tiene mucho sentido.

También parece una búsqueda de autenticidad. ¿Hay algo de eso en la España moderna?

No de modo general, pero sí individual. España se ha enriquecido, pero al mismo tiempo se van desnaturalizando y perdiendo muchos rasgos de identidad, dejando muchas cosas en el camino, como los vínculos positivos que nos ligan con el pueblo saharaui o incluso Latinoamérica, porque nos hemos convertido en la Unión Europea, con todo lo bueno y lo malo que tiene.

¿Cómo nace una novela?

Cada una tiene un germen distinto. Ninguna de las que he escrito se parece a las otras. Pero al final todo se reduce a transmitir, comunicar o compartir ideas o cosas que para mí han sido importantes. Siempre pensé que el escritor en estado puro es una persona generosa, con una serie de percepciones, sensaciones y un punto de vista que quiere transmitir o compartir con otra persona.

¿Y qué lugar ocupa la ideología en la literatura?

Yo procuro que mi compromiso social, mi ideología política, no estorben en la literatura. No puedo evitar que en esta novela se note que creo que lo que hizo España con los saharauis fue una barbaridad, pero no quiero que la novela se convierta en un arma política para reivindicar o denunciar, sino para que quien la lea llegue a sus propias conclusiones. La literatura panfletaria nunca me gustó, no me interesa.

Por Sergio Serricho.

Fuente: La Razón

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