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16
Junio
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La Academia sueca parece empeñada en convertir el páramo de la literatura en un sitio en el que también se mira, con toda su crudeza, los escenarios de destrucción, barbarie y desamparo que el ser humano va dejando a su paso.

La Academia sueca trasciende el páramo de la literatura


ARMANDO G. TEJEDA CORRESPONSAL El novelista turco Orhan Pamuk se suma así a una lista de escritores reconocidos con el Nobel que, además de sus virtudes literarias e intelectuales, mantienen una postura crítica sobre la realidad política y social en el mundo.
Si Pamuk ha denunciado en sus novelas los excesos cometidos por el imperio otomano, con especial énfasis en el exterminio de millones de armenios en los albores del siglo XX, otro autor premiado con el Nobel, como John Maxwell Coetzee, ha elegido como escenario extremo de la mayoría de sus novelas la construcción, apogeo y caída del sistema de castas y xenófobo de Sudáfrica, el apartheid.
Desde hace al menos una década, el Nobel de Literatura no representa únicamente una llamada de atención al público lector sobre las excelencias de tal o cual escritor, sino también una seria advertencia sobre heridas abiertas en la memoria colectiva de la sociedad.
Pero si se miran los nombres de los galardonados con el Nobel de los pasados 10 años encontramos otro rasgo en común: más allá de las ideologías, aunque la mayoría defienden ideales de la izquierda, todos expresan su profundo malestar ante las endémicas desigualdades sociales, el hambre, la pobreza y la cultura de dominación y expansión de las potencias occidentales.
Ahí está el ejemplo del dramaturgo británico Harold Pinter, Nobel 2005, quien además de que transformó la dramaturgia de su país con sus 29 piezas teatrales, también ha criticado con vehemencia la guerra de ocupación de Irak y la ''preocupante forma de actuar de la clase política".
Pinter expuso, por ejemplo, en un texto crudo y mordaz, su punto de vista ante situaciones como las vividas en la cárcel iraquí de Abu Ghraib y la de Guantánamo.
En 2004, la Academia sueca premió a la austriaca Elfriede Jelinek, quien además de ser una novelista transgresora del canon e infatigable buscadora de nuevas vías de expresión narrativa, también ha denunciado la sumisión de la mujer en la sociedad actual, la forma de vida de la "burguesía" y de la "sociedad del poder", de la que reconoce sentir "fobia".
Mientras que en 2003, el Nobel fue para el húngaro Imre Kertész, quien sufrió en carne propia una de las mayores atrocidades de la historia: el exterminio judío a manos del ejército nazi, por lo que su narrativa se ha convertido también en un símbolo de la resistencia judía.
También en los años recientes, el Nobel lo obtuvo el portugués José Saramago, quien defiende el pensamiento socialista como la única vía para lograr una sociedad más justa. O Dario Fo, el italiano que ha ridiculizado con sus entremeses burlescos a la sociedad burguesa de nuestra época.

Fuente: La Jornada

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