Jueves
23
Noviembre
Occidentes

Café de la Flor
Mendoza 862
2000
Rosario
Rosario
Argentina
54-341-411-2727
www.cafedelaflor.com.ar
info@cafedelaflor.com.ar

El comienzo y el fin de una guerra, sea esta promulgada o no por las instituciones que la establece, son hechos que perturban la identidad. Los argentinos no estamos ajenos a esta ironía del hombre. A finales de la década del ‘70 y principios de los ‘80 la sociedad se replanteaba, angustiosa y reiteradamente, las sinrazones de la violencia instalada.
En Rosario singulares hacedores de la cotidianidad cuestionaban desde emergentes espacios sociales los desenlaces de una política que trituraba los derechos humanos. Artistas, hippies, músicos se reunían bajo el simple deseo de estar contenidos de alguna manera y en algún lugar.
Fue este fluir de encuentros azarosos lo que marcó un surco en la historia del rock nacional. La Trova Rosarina; los Café Concert; los recitales espontáneos en pequeños pero intensos reductos son claros manifiestos que una subrealidad se entramaba a la par de los noticieros que hablaban de la Guerra de Malvinas y el caos socioeconómico en el cual estaba inmerso el país.
Personalidades como Juan Carlos Baglietto, Fito Páez, Rubén Goldín, Silvina Garré; Adrián Abonizio; Jorge Fandermole, Lalo de los Santos, entre otros; salieron del baúl musical en el que estaban guardados para despejar las mentes. Letras cantadas desde el alma. Tertulias relajadas en donde además de fundar nuevos estilos musicales se suscitaban debates y conciliaciones de subjetividades. El auge de esta sonoridad particular devino de una imposición de los gobernantes de turno: durante la Guerra de Malvinas se prohibió difundir toda canción que no sea cantada en castellano, lo que instigó a rescatar al canta-autor local a fin de completar los minutos de los programas radiales.
El rock había dejado de ser el bicho raro para transformarse en la mascota mimada por todos porque sabíamos que nos devolvería con creces la atención recibida. Y el hecho que lo ratificara fue la noche del 14 de Mayo de 1982 cuando Juan Carlos Baglietto subió al escenario de Obras para abrir una nueva etapa en la historia de nuestro país. Inconciente, pero felizmente, la música fusionó heterogeneidades contrarrestando el oscuro contexto nacional: si en todos lados sonaban notas de guerra en Rosario se componía una melodía a favor de la humanidad.
Testificando, una vez más, que la voz humana no se puede reprimir a los golpes.

La ocasión ameritaba tener un jardinero un poco más presentable pero él había llegado a Buenos Aires con el mismo que animaba cumpleaños felices en Rosario. A él le daba exactamente lo mismo porque no tenía idea de lo que estaba pasando ni de lo que ese momento generaría para él y muchos más. Aunque todo cambió cuando alguien le recordó que iba a tocar por primera vez en Obras y no en los bares de cada día de su Rosario natal. Y subió nomás al gigantesco escenario con su guitarrita y una fortaleza de amigos y compañeros de andanzas musicales. Con las piernas temblando, quizás, y luego de encomendarse con los ojos al tinglado, arrancó con la misma "Mirta de regreso" que imploraban todas las radios nacionales. Con unos simples y emotivos acordes el miedo ya no tenía nada que hacer ni arriba ni abajo de las tablas.
Fueron miles las voces que entonaron al unísono algo similar a un himno redentor pero que en realidad no era más que el nuevo estilo rockero que necesitábamos los argentinos.
¿Acaso este misterioso salto desde el interior del país fue un fugaz rescate de buena suerte o consecuencia de la expresión sostenida de los que luego fueron apoderados como LA TROVA ROSARINA? Quién sabe. Ni ellos ni nosotros podemos dar con lo cierto porque a esta altura ya estamos seguros que no existe una verdad sino infinidad de verdades enroscándose mutuamente.
Lo que sí sabemos es que este cuasi milagro había comenzado en el Café de la Flor, una noche como cualquier otra cuando los chicos cansados de pulular por las calles de la ciudad con "la bandera más larga del mundo" mostraban en carne viva sus creaciones. Pero justo en esa noche ahí estaba sentado don Julio Avigliano, representante de Facundo Cabral, quien no titubeó un segundo en decirle: "Pibe, nos vamos a grabar a EMI".
Así fue como nació el histórico "Tiempos difíciles" marcando record en venta y en sujetos que se sentían identificados.
Los tiempos siguen siendo complicados pero algo hemos aprendido: que los valores de una sociedad no se moldan a los palos sino compartiendo espacios, diferencias, e intelectos.
Por eso, por qué no, uno de estos días recitaremos -con alegría nostálgica- desde el Café que lo pujó: "Juan Carlos de Regreso".

De las tablas de un rústico escenario rosarino a las riquezas naturales de San Marcos Sierra; Quique Pessoa es un tipo de esos que tienen instintos e inteligencia como hay pocos, y por eso logra posicionarse con luz propia en el cosmos que desea habitar.
Si en 1981 andaba en un autito amarillo, cual patito feo marcando huellas sobre la urbanidad rosarina, ahora merodea entre las sierras de un pueblo en donde los árboles están cubiertos de moras y fresas, y el aire tiene tantos aromas como especies verdes. Si en 1981 supo descubrir el valor inconmensurable de las canciones que serían pioneras en la nueva era del rock nacional; ahora simplemente se dedica a coleccionar y dejarse atrapar por las delicadezas de faroles artesanales. Si antes clamaba sacudiendo los brazos enfrascados en un traje negro por las joyitas que él descubría gracias a su amplio respeto a los artistas y a los que hablan desde el corazón; ahora se dedica a disfrutar de la creación más maravillosa mientras charla por Radio Nacional Córdoba.
En realidad Quique Pessoa cambió solamente de ámbito geográfico porque sigue siendo el mismo hombre fascinado por el encanto de la vida. Porque es imposible que un oso de voluntad tan grande pierda la pasión por recolectar apasionados.
El Gordo -ahora flaco- nunca censuró a los entes vivos a los cuales eligió entregar su energía, llámense semillas, canciones, amigos, noches, amaneceres, montañas, etc... ya que -como todo hombre de buena labia- fue uno de los pescadores más sabios a la hora de utilizar metáforas y cautivar a las musas creadoras de las nuevas formas de pensar y entender el mundo.
Por eso, lógicamente, si ahora su búsqueda espiritual se lanzó hacia las virtudes de la naturaleza, en 1981 estaba puramente abocada a las actividades de su hogar preferido: el Café de la Flor de la calle Mendoza.
Quién te ha visto y quién te ve, querido Quique Pessoa: un hombre íntegro de pies a cabeza que no teme en revelar sus convicciones y hacer de estas un buen motivo para volver a las noches entre amigos cada vez que el cuore así lo solicite.

Pensar en la década del ochenta implica rescatar de la memoria emociones ciclotímicas de lo más diversas.
Fue un momento áspero que vivieron todas las generaciones pero mucho más aquellos que estaban edificando su personalidad. Si en el resto del mundo se potenciaban los acordes del sombrío y austero dark en bandas como The Cure, Bauhaus, y Joy Division; en Rosario fueron las canciones cargadas con expresiones de "paz y amor" las que coparon los oídos.
Este era uno de los tantos cruces con los cuales había que convivir y a través de los cuales armar alguna estrategia para arribar el famoso ‘contrato social' entre militares empalagosos de poder decretando una ridícula guerra; adultos con brotes psicóticos desbordando miedo; y una economía del "deme dos" que ya no servía para dar felicidad barata.
Mientras tanto, y para nuestra suerte, dentro de toda esa maraña social, un grupo de jóvenes amantes del pentagrama alimentaban un submundo más humano y liviano bajo el amparo de un arte singular capaz de unir las partes separadas de una sociedad resquebrajada.
Era como si el sueño del Submarino Amarillo, bien pop y colorido, hubiese llegado al sur del planeta de la mano de la tribu musical rosarina. Frescos en años y cachetazos de apatía, dedicaban su tiempo a reencontrarse en cualquier lugar del cual no fueran expulsados. Deambulaban de aquí para allá con montañas de letras intensas y carnales, y otras tantas andanzas rosarigasinas para contarles a los nietos.
En realidad no sabían muy bien qué era lo que estaba pasando pero captaban que muchos ojos estaban poniéndole fichas a sus creaciones. Y en este sentido hay que entender bien la palabra ARTE como símbolo que comunica valores, formas de vivir la vida, y sobre todo el de promulgar la libertad social y espiritual.
Así fue entonces como hundiéndose en las profundidades humanas para luego resurgir victoriosos en algún pequeño puerto / bar fundaron la máquina de hacer frases catárticas, luego reconocida como TROVA ROSARINA.
La historia del rock se encargó de grabar a fuego uno de esos múltiples recorridos: la noche en que la varita mágica tocó a Juan Carlos Baglietto en el Café de la Flor.
Fue el día en que, luego de varios años de sostenerse íntegro desde los márgenes junto al resto de la pandilla, fue reconocido como una de las voces capaces de aglutinar los deseos del común de la gente. Sabiduría popular que mezclaba reproches e ilusiones al ritmo de melodías contagiosas.
Tribu musical que fortaleció sus creaciones artísticas al servicio de la vida misma. Submarino enorme que aún navega en los corazoncitos de todos los argentinos.

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